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   Franklin Gutiérrez
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        Leonora: la ruptura del canon

Por Fernando Berroa

      Franklin Gutiérrez es un destacado crítico e investigador de la literatura dominicana. Sus numerosos
ensayos, antologías y diccionarios constituyen una fuente esencial pa-ra el estudio de nuestras letras.
Pero no se trata del típico crítico colocado a una dis-tancia fría del material de estudio, Franklin Gutiérrez
también escribe ficción. Tiene va-rios poemarios publicados y un libro de cuentos. En esta ocasión
Franklin Gutiérrez nos sorprende con la publicación de su primera novela: El canal de la delicia.

      Estructurada de manera lineal, empieza en el año 1940, en el apogeo de la dictadura trujillista, con el
nacimiento de Leonora en un barrio de la ciudad de Santiago de los Caballeros llamado “El Hoyo de
Bartola”,  y termina cuando van a cerrar el prostíbulo “El canal de la delicia” en el año 1974. Está
subdividida en capítulos que llevan el nom-bre del tópico principal. El manejo de la lengua es directo,
coloquial. Logrando una en-tretenida narración sin extravagancias formales: ni rebuscamientos de la
lengua ni en la construcción de la trama.  

      El canal de la delicia hace un gran aporte a la narrativa dominicana. Con el personaje de Leonora
Fortuna Franklin Gutiérrez rompe el estereotipo del protagonista en nuestra novelística. En la mayoría de
novelas escritas por dominicanos el personaje principal es un ser sufrido, atormentado, cuyos sueños
siempre terminan siendo vulnerados por la dura realidad.

      Así vemos como en La sangre de Tulio Manuel Cestero Antonio Portocarrero se mete en problemas
por querer cambiar el status quo imperante bajo la dictadura de Lilís y se apega a la ética y la justicia,
pero como todos sabemos, termina pobre y en desgracia, mientras los corruptos se salen con la suya.
En La mañosa, única novela escrita por Juan Bosch, el niño narrador sentencia: “-A mi mula le pude
quitar las mañas, pero a los hombres nadie se las quita”. Como queriendo significar que los hombres
estamos destinados a provocarnos sufrimientos, a derrotarnos, herirnos unos a los otros, por la
eternidad.  En Bachata del Ángel Caído Pedro Antonio Valdez nos cuenta como Bene-dicto Pimentel se
adentra en la cotidianidad de el Riíto, en busca de vivencias y argu-mentos para escribir su primera
novela, “Rosa de la herrumbre”, pero se involucra en problemas que terminan con el más trágico final
posible: la muerte. En “Sólo cenizas hallarás: bolero”, la novela que mejor refleja el sentimiento de
frustración al ver que no ocurre la revolución social esperada tras el tiranicidio del 1961, el caso es
extremo, prácticamente un retrato de la infelicidad de sus personajes principales.

       El más reciente caso de este prototipo de protagonista en nuestras novelas es el caso de “La breve y
maravillosa vida de Oscar Wao”. El protagonista, un Nerd gordo y poco agraciado para conseguir
mujeres, viaja desde los EE.UU. a República Dominicana en busca de su media naranja, mas su odisea
se convierte en un viaje sin regreso hacia las profundidades insospechables de la muerte.

      Este personaje derrotado también lo encontramos presente en otros protagonistas: Da-niel Comprés
(Over); Arturo Gonzalo (Los que falsificaron la firma de Dios); Esculapio Ramírez (La biografía difusa de
Sombra Castañeda), personaje de Marcio Veloz Mag-giolo con una historia tan miserable que muere el
mismo día en que cae la tiranía de Trujillo en contra de la que tanto había luchado.

      Pero Franklin Gutiérrez, quizás por su profundo conocimiento de la novela dominicana, o por
sensibilidad particular, nos trae una historia diferente. Hasta el nombre de Leono-ra Fortuna es un
símbolo del triunfo. No hay que ser un experto en etimología ni en cul-tura griega para descubrir que la
carga semántica de su denominación se refiere a “Leonora” como una leona, una felina, astuta, sabia, el
animal más imponente de la selva, y que “Fortuna”, su apellido, la relaciona con la diosa de la suerte y la
fertilidad, a cuyos giros y disposiciones se le adjudica la buena o mala suerte en el destino de los
hombres.

       El poder de Leonora reposa en su poder de seducción. Muchos menosprecian el gran poder de la
belleza femenina. Cuestionan acontecimientos o mitos en torno a esta fa-cultad. Por eso muchos no
creen que la guerra de Troya, la contienda bélica más céle-bre de la historia, fuera provocada por el rapto
de una mujer: Helena. Encuentran exa-gerado que Morfeo haya descendido a los infiernos para rescatar
a Eurídice, el amor de su vida. O que Scherezade haya logrado salvarse de la muerte gracias a su
elocuencia, belleza y gracia al contar las historias contenidas en “Las mil  y una noches”.Todos es-tos y
otros ejemplos de la literatura demuestran que no hay nada más poderoso que la belleza femenina.

       Leonora no triunfa por su intelecto. Por el contrario, se nos muestra ingenua y apegada a la moral,
hasta el momento decisivo que determina intervenir en la dura guerra que es sobrevivir en medio de la
miseria, a la vez de ayudar a los demás con la mejor de sus armas: su cuerpo. Tal como lo hizo Judit,
aquel personaje bíblico que se interna en el ejército de los enemigos de los judíos y seduce a
Holofernes, general en jefe del ejército opresor, con el único fin de lograr su meta: decapitarlo y liberar a
su pueblo. No se trata de prostitutas, del comercio de la carne, sino de mujeres que saben utilizar lo
mejor de su arsenal en los momentos críticos.

      El amor es una guerra. Una lucha de tensiones, de pasiones con el objetivo inconciente de llegar a la
posesión. Quizás pensando en el amor como guerra alguien reflexionó que “en la guerra y el amor todo
se vale”. Leonora nunca sale derrotada de sus con-tiendas sentimentales. Nunca es presa de los celos,
el despecho, la traición o sufri-miento alguno. Por el contrario, existe de una larga lista de aquellos que
intentan hacer sufrir a Leonora y terminaron mal, incluso con la muerte. Humberto Molina, primo y tes-
taferro de Trujillo, tiene que huir cuando matan al tirano. Moncho: chofer que utilizó los vehículos de su
jefe (Buik, Cadillac, Chrysler) para conseguirse a Leonora cae en des-gracia, y al no poder seguir
ostentando su falso poder, se larga, para regresar derrota-do y converso a la iglesia evangélica (quizás
una doble derrota). Giordano Di Carlo: In-geniero civil americano de origen italiano, muere asesinado en
manos de la amante con la cual esporádicamente engañaba a Leonora, pero esta nunca se entera, es
un dato que maneja el lector a través del narrador omnisciente. Mois: Viaja de Curazao a Santo Domingo
para proponerle matrimonio a Leonora, regresa a su país y desaparece para siempre. El coronel
Guerrero: hace a Leonora la propuesta indecorosa de acostarse con él a cambio de soltarle a su
hermano preso, pero Leonora lo burla poniéndole a Ta-tica la perra en el cuarto de hotel donde debía
estar su cuerpazo. Y en su viaje de reti-rada a Santo Domingo, Crikolo Mentao muere en un accidente
aéreo.

      El amor de Leonora purifica, redime, garantiza ser un ángel en la exclusividad de su cielo. Pero no
estar resguardado por este amor significa la desgracia. Es la razón por la cual el destino de la mayoría de
sus pretendientes es trágico.

       A quien mejor le va, paradójicamente, es al pariguayo de la historia, el filósofo Terencio Paciencia.
Fiel a las connotaciones de un apellido que lleva por error, permanece ena-morado en silencio, en la
idealización utópica de aquello que no se posee. Si acaso hay algo semejante al amor eterno, pues lo
constituyen ese tipo de relaciones que nunca se consuman y nos mantienen en expectativa. Es lo que
sucede en la novela de García Márquez El amor en los tiempos del cólera, donde se nos cuenta como
Juvenal Ubiño se enamora de Fermina Daza y la pretende con intensidad por más de medio siglo, hasta
la senectud de sus 80 años, cuando se casan. Por esta razón, en el sufrimiento de todo el que ama en el
mutismo, el amor de Terencio por Leonora es el que más permanece. Incluso al concluir la novela uno
piensa que a Leonora le irá bien, como siempre. ¿Por qué? Pues porque Leonora es Leonora, y Terencio
es el pariguayo que la ama y está a su lado para lo que sea.

       No hay gran literatura sin humor. Esta herencia en la literatura de occidente la debemos al Quijote.
Pero también podemos relacionar el humorismo vertido en El canal de la de-licia con la idiosincrasia
dominicana, esa característica de reírnos hasta de nuestras propias desgracias. El poder de seducción
vertido en la primera novela de Franklin Gu-tiérrez lo debe, como muchas obras maestras de la literatura
universal, más que a la acción extraordinaria de la novela y la forma en que se estructura, a las grandes
dosis de humor contenidas en cada página.

       El canal de la delicia tiene mucho de novela picaresca. Narración arquetípica del de-nominado “Siglo
de Oro Español” en la cual el protagonista asciende desde lo más bajo del escalafón social tras afrontar
un sinnúmero de infortunios y peripecias que nunca terminan. Pero la ascensión de Leonora Fortuna
tiene una gran diferencia con la vida del pícaro, sobre todo en que nunca tenemos oportunidad de ver a
Leonora derrotada. Por el contrario, vemos a Leonora avanzar mientras a su alrededor caen todos en des-
gracia. El pícaro nunca cesa de sufrir, Leonora nunca sufre, y si lo hace es por un es-porádico momento
que sirve de trampolín para algo mejor en su vida.

      Con el personaje de Leonora Franklin Gutiérrez ha roto el estereotipo del protagonista derrotado que
aparece en casi todas nuestras novelas. Ojalá que la historia de este personaje sea una premonición de
lo que sucederá con la narrativa dominicana de cara al futuro. Y por fin nuestra tradición novelística sea
tan importante y representativa para la literatura hispanoamericana como la imponente Leonora, la mujer
maravilla dominicana.
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