Página literaria de Franklin Gutiérrez
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Gladiolo
Por Franklin Gutiérrez
Entiendo, mami. Debí habértelo dicho antes. Me imagino tu mal humor y tu justificado reclamo por mi
prolongado silencio. Hoy, sin embargo, he tenido uno de los días más di-fíciles de toda mi existencia, y
siento la necesidad de hablar contigo. No comprendo lo que me ocurre pero ahora, al escribirte, siento
pequeño el espacio donde habita mi cuer-po, mis manos quieren desprenderse de los brazos hasta
abandonarlos, las paredes de mi dormitorio oscilan como bola de cristal en actitud de presagio y las
manecillas del reloj permanecen indiferentes a mi deseo de que termine el día. Te lo cuento, mami, con
la esperanza de recuperar un poco la calma y deshacerme de la desesperación y la confu-sión que me
ahogan en este momento.
Eran aproximadamente las nueve de la noche cuando comencé a regar mi dormitorio con un exótico y
rosiblanco perfume elaborado a base de eucaliptus. Minutos después la habitación estaba envuelta en
un aroma fantasmal. Eso me permitió dormir en un indes-criptible estado de paz, hasta que comenzó la
maldita pesadilla. Había tres cadáveres en el centro de una sala grande, en sus respectivos ataúdes. Por
la conversación y el extra-ño comportamiento de los escasos dolientes que velaban a los difuntos, estos
parecían haber fallecido a causa de indiferencia crónica, enfermedad propia de quienes en alguna etapa
de sus vidas pensaron que el mundo fue hecho sólo para ellos. De los tres cadá-veres, el del centro
daba la impresión de sentirse molesto por el calor de las velas y el peso de la bandeja de hielo colocada
sobre su vientre. Y sin importarle la presencia de los dolientes, comenzó a hablarle al cadáver de la
derecha sin lograr que este le prestara atención. El cadáver de la izquierda, por su parte, respondía a las
preguntas que el del centro le hacía al de la derecha por entender que las mismas estaban
indirectamente dirigidas a él.
De repente, el cadáver de la izquierda se levantó para ayudar al del centro a golpear al de la derecha. En
ese momento todos los parientes, aterrorizados, dejaron la sala va-cía. Luego, los cadáveres regresaron
a sus ataúdes y la gente volvió al velorio, recobrán-dose así la normalidad. Pero minutos después, el de
la derecha se levantó nuevamente y se acostó sobre los dos ataúdes para impedir la salida de los
cadáveres.
Yo, mami, que estaba cerca de uno de ellos quedé atrás del grupo en la carrera; en-tonces el de la
derecha corrió detrás de mí. Súbitamente el grupo que iba delante desa-pareció de mi vista. Yo, sin
entender el motivo de la persecución, apuré la marcha. El recorrido fue inmensamente largo. Cruzamos
ciudades antiguas y modernas, calles tan estrechas como las de Toledo y Marruecos, tan empolvadas y
destruidas como las de Puerto Príncipe, tan largas, exageradas y sucias como las de New York, tan
exóticas y bohemias como las de París.
Luego penetramos en un inmenso, árido y despoblado terreno, lleno de guazábaras y cactus punzantes.
Minutos después llegamos al borde de un precipicio donde encontré mi cama tal como la había dejado
en mi dormitorio: arreglada como lecho preparado para una primera noche de amor. Al fondo del
precipicio, muchos metros hacia abajo y perdido en la oscuridad, se escuchaba el murmullo de la
corriente de un río.
Tal vez no tiene sentido que te cuente estas cosas, mami. Dirás que estoy perdiendo el juicio, pero verás:
el de la derecha me acorraló y luego de una lucha tenaz, a la que sobreviví milagro-samente, toda la ropa
que me cubría fue a parar al precipicio. Ya sin nada que me protegiera, me empujó bruscamente sobre
la cama y me hizo el amor a su gusto. Todo fue rápido, pero sin mucha violencia. Era la primera vez y a
pesar del susto y de la confusión te aseguro, mami, que el momento fue muy placentero.
El de la derecha se esfumó rápidamente y cuando me creí liberado apareció otro hombre, esta vez sin
aspecto de cadáver, de unos seis pies de altura, con los brazos largo, los cabellos crispados, la piel
color ceniza y vivo, mami. ¡Un caníbal!, grité. El hombre era alto y estaba totalmente desnudo. Quise
correr, pero el se coloco delante de mí con pose de león apaciguado. Lo primero que pensé fue en un
indeseado embarazo y peor todavía, un hijo, un hijo de un desconocido. Pero por suerte. mami, cuando
iba a lanzarse sobre mí, desperté inmediatamente bajo tal estado de nervio que apenas podía respirar.
Me apresuré a buscar por toda la cama y no encontré nada, ni sangre ni cadáver ni hombre alto.
Como te dije, eso ocurrió hace varios años y debo confesarte que desde ese momento mi vida ha
cambiado sustancialmente. ¿Recuerdas mi afición por los comics? Perdón, mami, por los paquitos,
especialmente las enternecedoras historias de Susy, las destrezas del indomable Tarzán y los veloces
caballos de El llanero solitario venciendo todos los obstáculos que encontraba a su paso. También
debes recordar a Selene y a Corín Tellado, esas fotonovelas que llenaron a medio mundo de amor
platónico. Pues te cuento que he abandonado todas esas tonterías. Después de ese sueño me inicié en
la lectura de la revista Selecciones, de la cual sólo leí cuatro o cinco números. Es muy aburrida. Ahora
prefiero leer novelas de misterio y de amor, donde los protago-nistas desarrollen apasionados
romances al estilo de Efraín y María o de Romeo y Julieta.
A veces, mami, aprovecho los fines de semana para ir al cine. Por suerte no he adquirido esa infantil y
estúpida costumbre de los gringos de pararse frente a un cine durante tres o cuatro horas, con la
temperatura a cinco o diez grados bajo cero a esperar la siguiente tanda de películas con títulos tan
desastrosos como El enigma de una langosta cruzando el océano Pacífico, El amor debajo de los tallos
de una rosa o El beso traicionero de la mujer nuclear. En vez de desperdiciar mi tiempo en cosas tan
insustanciales, prefiero escuchar música clásica (Ravel, Schubert, Mozart, la Sinfónica de Viena)
mientras riego mi dormitorio con incienso hindú.
No te sorprendas por el cambio de mi gusto musical, pero he aprendido la importancia de dis-tinguir la
música del ruido. Sabes cuanto han degenerado el merengue, la salsa, la guaracha y otros ritmos
tropicales. Mami, estoy estudiando diseño y confección de abrigos de pieles en una escuela newyorquina
y, aunque he encontrado muchos obstáculos por mi condición de inmigrante, sigo luchando para
ingresar a una escuela de bailes modernos. Me imagino tu emoción cuando veas a una criatura de tus
entrañas desplazándose en los escenarios del Lincoln Center. Además, sé que estás esperando esta
noticia hace mucho tiempo: he dejado de fumar, el humo de los cigarrillos me estaba poniendo los
dientes amarillos.
Finalmente, mami, quiero decirte que he conseguido muchos amigos, algunos de los cuales me hacen
pasar horas felices. ¡Oh, mami! se me escapaba...estoy haciendo los trámites legales para cambiarme
el nombre. Dentro de un par de meses me llamaré Gladiolo. En la próxima carta te daré más detalles al
respecto.
Con el amor de siempre, se despide de ti tu adoración infinita: Pedrito.








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