Página literaria de
   Franklin Gutiérrez
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El canal de la delicia narra la historia de una mujer joven, escultural,
atractiva, seductora y astuta, codiciada por cuantos hombres la
conocen, que utiliza esas cualidades para que cientos de niños de
origen económico paupérrimo reciban diariamente el sustento
estomacal y la educación formal que hará de ellos seres humanos
útiles a la sociedad. Ella, a cambio, recibe la incomprensión y la
ingratitud de un sistema político incapaz de solucionar, aún con los
grandes recursos económicos y humanos que posee, parte de los
problemas sociales que ella sola resuelve con su inteligencia y su
cuerpo. Es una novela de una carga emocional sobrecogedora,
donde se fusionan la realidad y la ficción, propiciando así un espacio
óptimo para la reflexión.     
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      Opiniones sobre
El canal de la delicia
 
   
1
El canal de la delicia, una novela de alta tensión narrativa

La novela llegó ayer y fue imposible no leerla anoche mismo.
Felicidades por su muy acertado debut como novelista.
Todos los personajes, desde Leonora hasta Meneíto, son
una cuadrilla de caricaturas conmovedoras, arrastran un
nimbo esperpéntico que contribuye positivamente al
empalme de la obra. Entre otros aciertos que me saltan a la
vista se encuentran el narrador (muy coherente con el
contexto y los personajes), el lenguaje (muy atinado para la
historia) y el tono (¡no pudo ser otro!). También es
encomiable el manejo del marco temporal y espacial. No
sólo se tira del hilo narrativo por un poco más de tres
décadas y se logra que los personajes se desplacen desde
Santiago y Santo Domingo hasta Curazao y Nueva York sin
recurrir a artificios que entorpezcan el fluir de la prosa, sino
que, tomando los detalles que se escogen para armar la
historia, en algunos capítulos se maneja habilidosamente lo
circular para apropiarse, por tanto, de la atención del lector,
empresa que se consigue a cabalidad. Hay algunos ripios
formales y uno que otros anacronismos, pero es fácil
obviarlos por la tensión narrativa que se consigue y que nos
remolca hasta el final de la novela. Le reitero mis
felicitaciones y le auguro éxitos con ésta y las próximas
novelas que estoy seguro saldrán de su acopio de vivencias
y su capacidad intelectual.

Rubén Sánchez, escritor.
New York
10 de diciembre, 2009



2

El canal de la delicia, una novela seductora

La novela El canal de la delicia, de Franklin Gutiérrez,
conjuga diversas virtudes, entre ellas la de estar articulada
con una prosa ágil, amena, que seduce, atrapa y obliga a
mantener una cierta complicidad con las ideas que el autor
trasmite.

Gutiérrez crea y nos conduce a través de una atmósfera
mágica donde se alternan eventos cotidianos, con otros algo
dramáticos, en los que algunos personajes responden a
bajas pasiones, pero afortunadamente prevalecen los que
muestran valores espirituales positivos (sensibilidad social,
solidaridad, patriotismo...) que dignifican y reivindican al
personaje central: Leonora. Con ello el autor confiere un
matiz esperanzador que desde la novela se proyecta a toda
la condición humana.

Justo es destacar en Gutiérrez el diestro manejo del
lenguaje coloquial, el amplio conocimiento de la jerga barrial
y pueblerina (con expresiones en desuso que rescata y
renueva, para trasladarnos y hacernos partícipes de
múltiples vivencias de la época en que se desarrolla la
trama de la historia). Esta obra tiene, además, un gran valor
agregado, determinado por unas 70 referencias históricas,
terminológicas, geográficas, folklóricas, artísticas... que
fortalecen su marco histórico-didáctico. Leer
El canal de la
delicia
ha sido para mí una experiencia grata y
enriquecedora en múltiples aspectos.


Gabino Rosario, artista plástico
Santo Domingo
22 de diciembre, 2009



3

El canal de la delicia, novela de una carga emocional
desgarradora

El escritor y periodista José Rafael Sosa, autor de la
columna "Cultura en sábado" del periódico
El Nacional,
incluyó la novela
El canal de la delicia entre los cinco libros
que él recomienda a sus lectores obsequiar como regalo
navideño. Textualmente el comunicador dice de la obra:

El Canal de la Delicia  (Franklin Gutiérrez. 2009) Novela con
la que este académico y escritor regresa a la narrativa,  tiene
una trama que presenta a una especie de Robin Wood
femenino y moderno. Una joven mujer escultural y seductora
que utiliza sus encantos para alimentar y educar niños
pobres. Las referencias a la realidad, desde la ficción, son
numerosas.
El Canal de la Delicia es una novela de una
carga emocional desgarradora en la cual mezcla con
inteligencia realidad y ficción."

José Rafael Sosa, escritor y periodista
Santo Domingo
(
El Nacional, 19 de diciembre, 2009)

Otras recomendaciones:

El canal de la delicia también fue recomendada por la
periodista Clara Silvestre, columnista del periódico
Hoy, y
por el escritor y filósofo Alejandro Arvelo, Director General de
la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Las
recomendaciones aparecen en los periódicos
Hoy (4 de
diciembre, 2009) y
El Diario Libre (21 de diciembre, 2009),
respectivamente.  


4

El canal de la delicia, espejo de una generación

En El Canal de la Delicia, primera entrega novelística de
Franklin Gutiérrez, nuestro escritor pone en escena  
caracteres y situaciones de  esa convulsiva segunda mitad
del siglo 20 para los dominicanos, y lo hace con ojo de
arquéologo urbano, que descubre un signo sobre esta
piedra y le pasa la brocha, un cascarón de vaso allá, que
mete en una fundita numerada y etiquetada, sin zambullirse
o entretenerse en las múltiples  especulaciones generadas
por sus hallazgos. De ahí que asuma en la obra una
linealidad casi periodística para desplazar personajes, que
independiente de sus peripecias, sirven de espejo a una
generación con sus luchas, transformaciones y vicisitudes.

Luis Manuel Ledesma, escritor y periodista
New York
28 de diciembre, 2009


5

El canal de la delicia, una excelente novela picaresca

Este libro es un encanto! Me he reido a carcajadas--y sin
embargo, bajo el humor y la chispa verbal, tiene su sub-tema
serio, presenta su panorama triste sobre el estado de la
gente comun de nuestro pueblo, y hace su comentario sobre
la tendencia que tenemos de criticar los que hacen algo
porque no son "puros, como nosotros."

Me enamore completamente de Leonora y las Mesalinas, su
amigo el gran filosofo, y hasta los varios personajes que
entran y salen de la vida de Leonora, los que patrocinan "El
canal de la delicia," y sobre todo los "palomitos." Leonora me
recuerda la prostituta en el "Crime and Punishment" de
Dostoievsky, solo que esa es una figura tragica, y Leonora
logra representar el mismo espiritu, la misma generosidad
imperfecta y genuina, a traves del humor de una excelente
novela picaresca, que es lo que usted ha escrito.

Rhina Espaillat, escritora
New York
8 de enero, 2010


6

El Canal de la delicia

Es una obra marcada por la cotidianidad, su lenguaje y
personajes contienen una idiosincracia puramente
dominicana. Leonora, la protagonista, es una mujer
bellísima, impresionante, que utiliza su tremendo atractivo
físico en provecho personal. Tiene un carácter fuerte, es
independiente, y no vacila en ningún momento cuando trata
de conseguir sus objetivos. Es inteligente y muy tenaz, de
buenos sentimientos y puramente dominicana, tanto, que a
veces pensamos que podemos encontrarla caminando por
la calle, como cualquier joven santiaguera más.

Máximo Vega, escritor
Santiago de los Caballeros
14 de enero, 2009

7

Leonora: la ruptura del canon

El amor de Leonora purifica, redime, garantiza ser un ángel
en la exclusividad de su cielo. Pero no estar resguardado por
este amor significa la desgracia. Es la razón por la cual el
destino de la mayoría de sus pretendientes es trágico. Con
el personaje de Leonora Franklin Gutiérrez ha roto el
estereotipo del protagonista derrotado que aparece en casi
todas nuestras novelas. Ojalá que la historia de este
personaje sea una premonición de lo que sucederá con la
narrativa dominicana de cara al futuro. Y por fin nuestra
tradición novelística sea tan importante y representativa para
la literatura hispanoamericana como la imponente Leonora,
la mujer maravilla dominicana.

Fernando Berroa, escritor
Santo Domingo
17 de enero, 2009


8

Sobre El canal de la delicia... mi opinión

Hay libros que atrapan desde las primeras líneas, y El canal
de la delicia es uno de ellos. Desde el inicio la historia se
adueñó de mí al extremo de que no pude cerrar la novela
hasta terminar su lectura. La jocosidad, el uso magistral del
tiempo, la psicología de los personajes, las informaciones
históricas que nos retornan al pasado capitalino
dominicano, así como el sentido filantrópico de Leonora, la
protagonista, son tan envolventes que la leí de una sola
sentada.

El canal de la delicia me envolvió y me emocionó hasta las
lágrimas. Pero también, en muchas ocasiones, me hizo reír
a carcajadas. Uno de los personajes que más me
impresionó fue Prudencio, por su ingenuidad al dejarse
engañar por El Barón, un brujo haitiano en quien confió para
que le multiplicara su dinero.

No voy a relatar aquí la historia, pues hay que leerla, ya que
la misma tiene un toque de magia que deja a uno con
deseos de saber más y más. Es realmente una novela
cargada de emociones de principio a fin. Felicidades
Franklin Gutiérrez

Raquel Angomás, lectora
Atlanta, Georgia
29 de enero, 2010


9

El canal de la delicia, humor y ironía

Franklin, leí El canal de la delicia. Es una obra que se lee
bien y rápido, y los personajes estan muy bien delineados.
Me gustó el sentido del humor que contiene el texto y pienso
que deberías desarollar ese aspecto en lo adelante, pues un
poco de humor e ironía no hace daño a nadie.

Giovanni Di Pietro, crítico literario
Puerto Rico
9 de febrero, 2010


10

El canal de la delicia, una historia cargada de emotividad.


El canal de la delicia es una historia cargada de emotividad.
El autor fusiona la realidad y la ficción, llevándonos a
reflexi-onar acerca de situaciones sociales que viven
muchas muje-res jóvenes de nuestra sociedad, entre ellas:
abandono, trai-ción, muerte, alegría, tardes frescas bajo la
sombra de un árbol, soledad, frío, calor, pleitos y hambre.
Las adversida-des convierten a Leonora en una mujer
luchadora, fuerte y decidida, que sabe lo que quiere y como
conseguirlo. La novela, de fácil lectura, está cargada de
expresiones domini-canas que nos refrescan las
costumbres y hábitos de nues-tra cultura y presenta la vida
en los barrios populosos de la capital en los años 1970.

Laura Durán, periodista
Santo Domingo
Listín Diario, 20 de febrero, 2010

Presentaciones en RD de

El canal de la delicia






Dr. Franklin Gutiérrez, acompañado por el lic. José Rafael Lantigua
(Centro)  Secretario de Estado de Cultura,el lic. Alejandro Arvelo
(derecha) Director de  la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo
y  el lic. León Félix Batista (izquierda) Director de la Editrora Nacional.
Presentación: Sala Ramón Oviedo, Secretaría  de Estado de Cultura
(13 de enero, 2010 )



















Franklin Gutiérrez, junto a los escritores Enegildo Peña (izquierda) y
Máximo Vega (derecha) Presentación: Palacio Consistorial de Sasntiago
de los Caballeros (14 de enero, 2010)

















Franklin Gutiérrez con los miembros del taller literario Andrea Jiménez,
de Gualey. Presentación: Ensanche Luperón, Santo Domingo. (17 de
enero, 2010)De izquierda a derecha Eliana Collado, Wender Ferreira,
Carlos García, Gerónimo Romney, Fernando Berroa, Yenelis Ramírez,
Erika Reynoso, Franklin Gutiérrez, Zuleika y Juan Pablo Báez.


















Franklin Gutiérrez en el acto de presentación organizado por el liceo
Paraguay, en Santom Domingo. (18 de enero, 2010)
Ensayos sobre El canal de la delicia



Leonora: la ruptura del canon



Fernando Berroa

Franklin Gutiérrez es un destacado crítico e
investigador de la literatura dominicana. Sus
numerosos ensayos, antologías y diccionarios
constituyen una fuente esencial para el estudio de
nuestras letras. Pero no se trata del típico crítico
colocado a una distancia fría del material de estudio,
Franklin Gutiérrez también escribe ficción. Tiene
varios poemarios publicados y un libro de cuentos.
En esta ocasión Franklin Gutiérrez nos sorprende
con la publicación de su primera novela: El canal de
la delicia.

Estructurada de manera lineal, empieza en el año
1940, en el apogeo de la dictadura trujillista, con el
nacimiento de Leonora en un barrio de la ciudad de
Santiago de los Caballeros llamado “El Hoyo de
Bartola”,  y termina cuando van a cerrar el prostíbulo
“El canal de la delicia” en el año 1974. Está
subdividida en capítulos que llevan el nombre del
tópico principal. El manejo de la lengua es directo,
coloquial. Logrando una entretenida narración sin
extravagancias formales: ni rebuscamientos de la
lengua ni en la construcción de la trama.  

El canal de la delicia hace un gran aporte a la
narrativa dominicana. Con el personaje de Leonora
Fortuna Franklin Gutiérrez rompe el estereotipo del
protagonista en nuestra novelística. En la mayoría
de novelas escritas por dominicanos el personaje
principal es un ser sufrido, atormentado, cuyos
sueños siempre terminan siendo vulnerados por la
dura realidad.

Así vemos como en La sangre de Tulio Manuel
Cestero Antonio Portocarrero se mete en problemas
por querer cambiar el status quo imperante bajo la
dictadura de Lilís y se apega a la ética y la justicia,
pero como todos sabemos, termina pobre y en
desgracia, mientras los corruptos se salen con la
suya. En La mañosa, novela escrita por Juan Bosch,
el niño narrador sentencia: “-A mi mula le pude
quitar las mañas, pero a los hombres nadie se las
quita”. Como queriendo significar que los hombres
estamos destinados a provocarnos sufrimientos, a
derrotarnos, herirnos unos a los otros, por la
eternidad. En Bachata del Ángel Caído Pedro
Antonio Valdez nos cuenta como Benedicto Pimentel
se adentra en la cotidianidad de el Riíto, en busca
de vivencias y argumentos para escribir su primera
novela, “Rosa de la herrumbre”, pero se involucra
en problemas que terminan con el más trágico final
posible: la muerte. En “Sólo cenizas hallarás:
bolero”, la novela que mejor refleja el sentimiento de
frustración al ver que no ocurre la revolución social
esperada tras el tiranicidio del 1961, el caso es
extremo, prácticamente un retrato de la infelicidad
de sus personajes principales.

El más reciente caso de este prototipo de
protagonista en nuestras novelas es el caso de “La
breve y maravillosa vida de Oscar Wao”. El
protagonista, un Nerd gordo y poco agraciado para
conseguir mujeres, viaja desde los EE.UU. a
República Dominicana en busca de su media
naranja, mas su odisea se convierte en un viaje sin
regreso hacia las profundidades insospechables de
la muerte.

Este personaje derrotado también lo encontramos
presente en otros protagonistas: Daniel Comprés
(Over); Arturo Gonzalo (Los que falsificaron la firma
de Dios); Esculapio Ramírez (La biografía difusa de
Sombra Castañeda), personaje de Marcio Veloz
Maggiolo con una historia tan miserable que muere
el mismo día en que cae la tiranía de Trujillo en
contra de la que tanto había luchado.

Pero Franklin Gutiérrez, quizás por su profundo
conocimiento de la novela dominicana, o por
sensibilidad particular, nos trae una historia
diferente. Hasta el nombre de Leonora Fortuna es
un símbolo del triunfo. No hay que ser un experto en
etimología ni en cultura griega para descubrir que la
carga semántica de su denominación se refiere a
“Leonora” como una leona, una felina, astuta, sabia,
el animal más imponente de la selva, y que
“Fortuna”, su apellido, la relaciona con la diosa de la
suerte y la fertilidad, a cuyos giros y disposiciones
se le adjudica la buena o mala suerte en el destino
de los hombres.

El poder de Leonora reposa en su poder de
seducción. Muchos menosprecian el gran poder de
la belleza femenina. Cuestionan acontecimientos o
mitos en torno a esta facultad. Por eso muchos no
creen que la guerra de Troya, la contienda bélica
más célebre de la historia, fuera provocada por el
rapto de una mujer: Helena. Encuentran exagerado
que Morfeo haya descendido a los infiernos para
rescatar a Eurídice, el amor de su vida. O que
Scherezade haya logrado salvarse de la muerte
gracias a su elocuencia, belleza y gracia al contar
las historias contenidas en “Las mil  y una noches”.
Todos estos y otros ejemplos de la literatura
demuestran que no hay nada más poderoso que la
belleza femenina.

Leonora no triunfa por su intelecto. Por el contrario,
se nos muestra ingenua y apegada a la moral, hasta
el momento decisivo que determina intervenir en la
dura guerra que es sobrevivir en medio de la
miseria, a la vez de ayudar a los demás con la mejor
de sus armas: su cuerpo. Tal como lo hizo Judit,
aquel personaje bíblico que se interna en el ejército
de los enemigos de los judíos y seduce a
Holofernes, general en jefe del ejército opresor, con
el único fin de lograr su meta: decapitarlo y liberar a
su pueblo. No se trata de prostitutas, del comercio
de la carne, sino de mujeres que saben utilizar lo
mejor de su arsenal en los momentos críticos.

El amor es una guerra. Una lucha de tensiones, de
pasiones con el objetivo inconciente de llegar a la
posesión. Quizás pensando en el amor como guerra
alguien reflexionó que “en la guerra y el amor todo
se vale”. Leonora nunca sale derrotada de sus
contiendas sentimentales. Nunca es presa de los
celos, el despecho, la traición o sufrimiento alguno.
Por el contrario, existe de una larga lista de aquellos
que intentan hacer sufrir a Leonora y terminaron
mal, incluso con la muerte. Humberto Molina, primo y
testaferro de Trujillo, tiene que huir cuando matan al
tirano. Moncho: chofer que utilizó los vehículos de su
jefe (Buik, Cadillac, Chrysler) para conseguirse a
Leonora cae en desgracia, y al no poder seguir
ostentando su falso poder, se larga, para regresar
derrotado y converso a la iglesia evangélica (quizás
una doble derrota). Giordano Di Carlo: Ingeniero civil
americano de origen italiano, muere asesinado en
manos de la amante con la cual esporádicamente
engañaba a Leonora, pero esta nunca se entera, es
un dato que maneja el lector a través del narrador
omnisciente. Mois: Viaja de Curazao a Santo
Domingo para proponerle matrimonio a Leonora,
regresa a su país y desaparece para siempre. El
coronel Guerrero: hace a Leonora la propuesta
indecorosa de acostarse con él a cambio de soltarle
a su hermano preso, pero Leonora lo burla
poniéndole a Tatica la perra en el cuarto de hotel
donde debía estar su cuerpazo. Y en su viaje de
retirada a Santo Domingo, Crikolo Mentao muere en
un accidente aéreo.

El amor de Leonora purifica, redime, garantiza ser
un ángel en la exclusividad de su cielo. Pero no
estar resguardado por este amor significa la
desgracia. Es la razón por la cual el destino de la
mayoría de sus pretendientes es trágico.

A quien mejor le va, paradójicamente, es al
pariguayo de la historia, el filósofo Terencio
Paciencia. Fiel a las connotaciones de un apellido
que lleva por error, permanece enamorado en
silencio, en la idealización utópica de aquello que no
se posee. Si acaso hay algo semejante al amor
eterno, pues lo constituyen ese tipo de relaciones
que nunca se consuman y nos mantienen en
expectativa. Es lo que sucede en la novela de
García Márquez El amor en los tiempos del cólera,
donde se nos cuenta como Juvenal Ubiño se
enamora de Fermina Daza y la pretende con
intensidad por más de medio siglo, hasta la
senectud de sus 80 años, cuando se casan. Por
esta razón, en el sufrimiento de todo el que ama en
el mutismo, el amor de Terencio por Leonora es el
que más permanece. Incluso al concluir la novela
uno piensa que a Leonora le irá bien, como siempre.
¿Por qué? Pues porque Leonora es Leonora, y
Terencio es el pariguayo que la ama y está a su
lado para lo que sea.

No hay gran literatura sin humor. Esta herencia en la
literatura de occidente la debemos al Quijote. Pero
también podemos relacionar el humorismo vertido en
El canal de la delicia con la idiosincrasia dominicana,
esa característica de reírnos hasta de nuestras
propias desgracias. El poder de seducción vertido
en la primera novela de Franklin Gutiérrez lo debe,
como muchas obras maestras de la literatura
universal, más que a la acción extraordinaria de la
novela y la forma en que se estructura, a las
grandes dosis de humor contenidas en cada página.

El canal de la delicia tiene mucho de novela
picaresca. Narración arquetípica del denominado
“Siglo de Oro Español” en la cual el protagonista
asciende desde lo más bajo del escalafón social tras
afrontar un sinnúmero de infortunios y peripecias
que nunca terminan. Pero la ascensión de Leonora
Fortuna tiene una gran diferencia con la vida del
pícaro, sobre todo en que nunca tenemos
oportunidad de ver a Leonora derrotada. Por el
contrario, vemos a Leonora avanzar mientras a su
alrededor caen todos en desgracia. El pícaro nunca
cesa de sufrir, Leonora nunca sufre, y si lo hace es
por un esporádico momento que sirve de trampolín
para algo mejor en su vida.

Con el personaje de Leonora Franklin Gutiérrez ha
roto el estereotipo del protagonista derrotado que
aparece en casi todas nuestras novelas. Ojalá que
la historia de este personaje sea una premonición
de lo que sucederá con la narrativa dominicana de
cara al futuro. Y por fin nuestra tradición novelística
sea tan importante y representativa para la literatura
hispanoamericana como la imponente Leonora, la
mujer maravilla dominicana.



Presentación de El canal de la delicia

Máximo Vega, escritor
Santiago, 14 de enero, 2010

La historia de esta novela corta sigue la vida de un
personaje principal: Leonora Fortuna, desde su
nacimiento en la década del 40 del siglo XX en el
Hoyo de Bartola, aquí en Santiago, su mudanza
fortuita al Ensanche Luperón, en Santo Domingo,
sus diferentes viajes a Curazao y a los Estados
Unidos, específicamente a la ciudad de New York,
sus amoríos y sus desventuras. Leonora es una
mujer bellísima, impresionante, que utiliza su
tremendo atractivo físico en provecho personal. A
través de esa atracción que ejerce sobre los
hombres, consigue auxiliar a una serie de niños
pobres en Santo Domingo, “sus palomos”, como ella
les llama, y logra construir y mantener dos escuelas
gratuitas para esos niños de la calle. Conocemos los
diferentes hombres que persiguen a Leonora, y a
aquellos que logran conseguir sus favores sexuales.
Es una mujer de carácter fuerte, independiente, que
no duda en ningún momento cuando se trata de
conseguir sus objetivos. Es inteligente y muy tenaz,
de buenos sentimientos y puramente dominicana,
tanto, que a veces pensamos que podemos
encontrarla caminando por la calle, como cualquier
joven santiaguera más.

Una serie de personajes secundarios acompañan a
Leonora en este viaje literario. Humberto, una
especie de cacique de la dictadura de Trujillo, que
hace lo que le da la gana en una sociedad primitiva
llena de privilegios; Terencio, el estudiante de
filosofía, cuyo padre era admirador de la cultura
griega, y de ahí proviene su nombre; Moncho, un
chofer arribista y parejero; Muñeca, la prostituta;
Mois, el millonario curazoleño; Giordano, un
empresario norteamericano con nombre italiano, etc.
Conocemos los avatares de Leonora, que nació en
la más terrible pobreza, oprimida por su primer
amante, prácticamente violada por él (al principio,
entonces, el atractivo físico de la muchacha era una
condena, aunque luego se fue convirtiendo en una
bendición), sus deseos de mejorar su vida material,
su amistad con Terencio, una amistad tan estrecha
que a veces pensamos que él es realmente el
hombre de su vida, aunque esa amistad se queda a
ese nivel, no llega a convertirse en un amorío, es
decir, nunca se vulgariza, se queda siempre a un
nivel platónico. Conocemos su buen corazón, su
capacidad innata para manejar a los hombres, y
cómo utiliza esta capacidad para ayudar a los demás.
Ahora bien, lo que quiero poner de manifiesto en
este libro es la utilización de un lenguaje, y unas
situaciones llevadas por ese lenguaje, que
podríamos llamar estrictamente dominicanas.
Recordemos que Leonora nació en el Hoyo de
Bartola, en Santiago, y nos dice el autor en la misma
primera página, al nacer la protagonista, que la
comadrona “la sopló, llenándola de aliento bucal
avinagrado; la revolvió como sancocho de pobre y le
estampó en el glúteo derecho la acostumbrada
nalgada de bienvenida a la vida terrenal”. Más
adelante, cuando Leonora se muda al Luperón, el
autor nos aclara que en el Ensanche “también
residían allí varios miembros del Combo Show de
Jhonny Ventura, el inmortal beisbolista Pepe Lucas,
el bohemio Juan Lockward, el pianista Rafael
Solano, el beduino Wilfrido Vargas, el baladista José
Lacay, así como otras figuras artísticas, deportivas y
militares importantes del país”. Es decir, que se nota
entonces una investigación de los diferentes lugares
en los que vive Leonora, y una investigación de la
época, sobre todo de la década del 60, tiempo en el
que transcurre la mayor parte de la novela. También
reconocemos que el autor ha tenido un vívido
conocimiento de la realidad de los sitios que
describe. Empezando por el Hoyo de Bartola durante
la era de Trujillo. Aparecen los juegos infantiles de la
época: el trúcano, la latica, matarile, jacks, el
pañuelo, etc. Luego la ciudad capital en la década
del 60, de la cual nos informa incluso de la cantidad
de colegios y escuelas del Ensanche Luperón, y los
cines capitalinos. Al final, Curazao, y sobre todo New
York, el Bajo Manhattan y Washington Heights,
llamado por los residentes Quisqueya Heights,
debido a la cantidad de dominicanos que
prácticamente se adueñaron del lugar. Ese
conocimiento tan fiel solamente puede tenerlo
alguien que haya vivido el mismo periplo de
Leonora, es decir: Santiago, Santo Domingo, New
York.

En fin, que El Canal de la Delicia, título cuyo por qué
descubriremos en los capítulos finales de la novela,
es una obra sumamente amena, como lo demuestra
el hecho de que yo pude leerla de una sola sentada,
una sola tarde, de principio a fin. La novela nunca
se desvía de su objetivo, que es seguir íntegramente
los devaneos de Leonora. Es una obra que refleja
una cotidianidad, un lenguaje, unos personajes de
una idiosincracia puramente dominicana.
Recomendamos la lectura de esta novela
dominicana, escrita por un dominicano residente en
New York, que parece haber hecho el mismo viaje
de Leonora, y tan dominicana que parece narrada
por nuestras calles y nuestros barrios.


El canal de la delicia

Laura Durán
Listín Diario, 20 de febrero, 2010

Santo Domingo.- ¿Ha visto un pavo real? El pavo
real, de pecho azul, es un ave admirada por su
hermosa cola multicolor. Esta fantástica cola,
compuesta por más de 100 plumas, forma un
abanico de reflejos.

Leonora Fortuna era admirada como un pavo real.
¿Sus virtudes?: Una joven escultural, perspicaz y
embriagante.

Con sus atributos ayuda a niños de origen
económico misérrimo. Conmovida por tal situación,
decide formar una escuela de patio junto a su fiel
amigo Terencio, quien introduce a estos
desafortunados niños en el mágico mundo del saber.

No todo es color de rosa; esta atractiva mujer es
victima de miradas codiciosas y lascivias. Desde muy
joven es forzada a salir de casa de sus padres por
un poderoso hombre que la usa y la abandona a su
suerte. Tuvo que usar sus atributos para conseguir
sustento.

Las circunstancias le obligan a moverse de un lugar
a otro y en su caminar sufre la perdida de familiares
y amigos que formaron parte de su vida e historia.
“El canal de la delicia”, novela de Franklin Gutiérrez
presenta una historia cargada de emotividad.

El autor realiza una fusión de realidad y ficción,
llevándonos a reflexionar acerca de situaciones
sociales que viven mujeres jóvenes de nuestra
sociedad. Abandono, traición, muerte, alegría,
tardes frescas bajo la sombra de un árbol, soledad,
frío y calor, pleitos, hambre. Las adversidades la
convierten en una mujer luchadora, fuerte y
decidida, que sabe lo que quiere y lo consigue.

Ella se sumergió en lugares grises, de mala
reputación y pudo sobrevivir. A pesar de la escasa
educación que recibe, lucha por ayudar a otros,
cambiar la vida de quienes como ella no tenían
grandes posibilidades de triunfar. Esta atmósfera de
solidaridad y corrupción introduce al lector en un
ambiente de reflexión.

La novela de fácil lectura, cargada de expresiones
muy empleadas por los dominicanos refresca las
costumbres y hábitos de nuestra cultura y presenta
la vida en los barios populosos de la capital en los
años 1970.
        Presentación en New York de
          El canal de la delicia









De izquierda a derecha: Carlos Sánchez, Dinorah Coronado, Marline Rodr!guez,
Franklin Gutiérrez, Yrene Santos y José Acosta





















Público asistente (vista parcial)

















Público asistente (extremo derecho)




















Público asistente (extremo izquierdo)


El canal de la delicia, de Franklin Gutiérrez
Cuando el lenguaje adquiere niveles protagónicos


Por José Acosta


     Vivimos en un mundo complejo. Con el avance de la
tecnología, mientras caminamos por el malecón de Santo
Domingo, con sólo apretar un botón de un iphone, nos
descubrimos a las puertas del Vaticano, o a pocos pasos del
Pentágono. Si lo que existe es lo que palpamos con nuestros
sentidos, complementado con nuestra imaginación y la carga
de la experiencia, tanto personal como vicaria, entonces
tenemos que admitir que nos encontramos en medio de un
caos, donde ya no hay lo cercano ni lo remoto, ni lo interior
ni lo exterior. Rodamos en medio de un torbellino de
información e imágenes que podría hacernos perder, de un
momento a otro, la perspectiva de nuestra propia existencia,
confundir los linderos de lo real.

       Para escribir El canal de la delicia, el escritor Franklin
Gutiérrez tuvo que, precisamente, abandonar su mundo, el
de la era digital, el de la academia, y saltar los confusos
linderos de nuestra época, para viajar hacia el pasado, que
es viajar hacia otro mundo. Para lograrlo, para poder
descodificar ese mundo que se extendía en su memoria, tuvo
que quitarse sus vestiduras de intelectual, y buscar a un
narrador-personaje que pudiera contar las acciones de ese
mundo, los avatares de sus personajes, con su propio
lenguaje, el lenguaje callejero, soez, pedestre, repleto de
dominicanismos, con que se comunican los palomos en los
pulgueros de la capital dominicana, las lavanderas en los
patios, las prostitutas en los cabarets, los borrachos en los
colmadones.

       El narrador-personaje escogido por Gutiérrez es un
pseudo-omnisciente. El escritor rompe con el acostumbrado
narrador omnisciente que todo lo conoce. Aunque el de
Gutiérrez también todo lo conoce, el escritor lo dota de un
lenguaje de barrio, un vehículo para transmitir, a veces con
un dejo de burla y no poca picardía, lo terrible de la
condición humana.

       ¿De dónde sale este narrador-personaje? La misma
novela nos da la clave en una de las descripciones de la vida
en los pulgueros:

       “Sus habitantes aman el escándalo, la música chillona,
las calles empantanadas y sucias, las frituras plagadas de
moscas, las friquitaquerías malolientes y los colmados
abarrotados de palomos bebiendo cervezas y hablando
burundangas”.

       Lo primero que nos preguntamos, al leer El canal de la
delicia, es quién nos narra la novela. ¿Será Terencio, el
filósofo del Alto de las flores, o Moncho, o la misma
protagonista Leonora Fortuna?

       La peste, de Albert Camus, está narrada por un
omnisciente que por su lenguaje culto no despierta la
curiosidad del lector por descubrir quién nos cuenta la
novela. Sin embargo, el mismo narrador “omnisciente”, al
final de la novela, nos dice: “aunque ya ustedes los
sospechaban, les confesaré que soy yo quien cuento todo
esto, el doctor Bernard Rieux”.
       Esta información que nos da Camus a través de su
personaje, quizás obedece a la costumbre de los escritores
franceses de la época de narrar en primera persona. Pero, a
decir verdad, ya al final de la novela no nos interesa saberlo.

       En la novela de Gutiérrez, en cambio, debido al
lenguaje que utiliza, el narrador-personaje nos intriga,
queremos descubrirlo, desenmascararlo. Pero el escritor,
aunque da muchas pistas, no le quita el velo de la cara como
lo hizo Camus, por el contrario, lo oculta, lo emplea como
arma para que el lector se intrigue y lo persiga.

       Al narrador-personaje de El canal de la delicia lo
imaginamos bebiendo cerveza a la mesa de uno de esos
colmados de los pulgueros, contemplando a la protagonista
con boca babeante, cumplimentándola con uno de los
piropos espantosos de Muñeco:

       “¡Cuánto mangú, bacalao, masolepa y espaguetis
transporta ese torpedo de hembra!”

       Es tanto el regusto por narrar que siente el narrador-
personaje, que por momentos detiene la acción de la novela,
paraliza el mundo que ha estado creando, para explicarnos
detalles de ese mundo. Un ejemplo es cuando nos detalla el
arte de comer friquitaqui, que según el narrador, “poca gente
maneja apropiadamente”.

       “Se requiere destrezas y precauciones. Hay que estirar
el cuerpo hacia arriba como un tubo de bicicleta, inclinar la
cabeza hacia delante, bien alejada del pecho; abrir la boca
como una atarraya y explayar bien los ojos, para saber
dónde dar la mordida. De lo contrario, cuando el pan siente
la presión de los dientes, salen dos chorros amarillos
procedentes de las yemas de los huevos, que terminan
embarrando toda el área de la boca, la camisa y los
pantalones”.  

       Otro ejemplo es la explicación que nos da sobre los
restaurantes de Washington Heights. Al referirse al lenguaje
con que las camareras tratan a los clientes, el narrador-
personaje dice que éstas hacen sentir a los consumidores en
una barra, en un café o en un club nocturno:

       “Expresiones como: mi chulo, oye papi, moreno, mi
amor, dime flaco, habla gordito, mi loco, hola corazón, forman
parte de su repertorio”.

       En El canal de la delicia el lenguaje adquiere un nivel
protagónico, debido, como había señalado, al empleo de
numerosos dominicanismos y la hábil colocación de éstos en
el conjunto. Qué dominicano no conoce lo que es un “peo
químico” lanzado en el cine, una “Presidente ceniza”, dar
“labia”, un sitio “chévere”, aventado como un “maco
pempén”, beberse un “grayao”, un mabí seibano, comerse un
“bofe”.

       ¿Que buscaba el escritor? El humor, la provocación, y a
la vez mostrar con más desenvolvimiento la pobreza de los
barrios populosos de Santo Domingo, desnudar a sus
personajes con su propio modo de expresarse.

       Para narrar la novela, el escritor escogió el estilo
periodístico, lo que le agregó fluidez al texto y permite que la
historia sea fácil de leer (yo la leí de dos sentadas).
       
En cuanto a la técnica, Gutiérrez armó un entramado de
múltiples piezas anecdóticas, para lo cual se valió del método
de la “caja china” o la “muñeca rusa”, que no es más que
encajar una historia dentro de otra. Así una historia principal
(la vida de Leonora Fortuna, su lucha a favor de los
desposeídos en un mundo regido por las leyes del macho),
genera otras historias (como la del Mocho y los tres autos de
lujo, y la de Prudencio y el brujo), que complementan el
conjunto.

Uno de los aportes más significativos de Gutiérrez en esta
novela es que abre una veta aún inexplorada en la literatura
lominicana: la de los viajes de las criollas a Curazao. Como
gran investigador que es, desnuda detalladamente como con
un escarpelo, en lenguaje periodístico y dinámico, las luchas
y padecimientos de la mujeres dominicanas en esta isla
caribeña, donde muchas van a prostituirse o a abastecerse
de mercancías para comercializarlas en la República
Dominicana.

       Novela franca, llana, cargada de un humor a veces
inquietante y a veces mordaz, donde los personajes
encarnan lo bueno y lo malo que todo ser humano guarda en
su interior, en un mundo en pleno desmoronamiento y que
ellos intentan levantar ladrillo a ladrillo poniendo en ello la
vida
.