Página literaria de
      Franklin Gutiérrez
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                                          La mujer de Columbus Circle



                                                                                                                                                           
                                                                                                    
 Líquida hiena de amor ladrona.
                                                                                                                      Fluvial pantera que en mi jaula humana
                                                                                                                    mientras yo duermo me vigila el nombre.
                              
                                                                                                                                                             Manuel del Cabral  

      
Esa tarde la estación de tren Columbus Circle, de Nueva York, estaba tan abarrotada que permanecí varios mi-
nutos atrapado en las escaleras de acceso a la plataforma de la ruta de la Octava Avenida, sin poder avanzar un
solo paso.

Desde el lugar donde me quedé varado divisé a una mujer mirando hacia todos lados, como buscando a al-guien
entre la multitud. Aparentaba unos veinte y cinco años de edad y llevaba una blusa roja muy atractiva. Duran-te el
tiempo que la estuve observando, per-maneció discretamente apoyada en una viga de hierro cerca de la ca-seta
de venta de perió-dicos, revistas y dulces variados, ubicada en el centro de la plataforma.

Luego de algunos disimulados empujones salí de la escalera y caminé hasta el nivel superior de la estación para
tomar un tren de la ruta Broadway, que también me dejaba cerca de mi casa; pero cuando llegué al nivel superior
allí estaba ella, apoyada en la viga más cercana a la caseta de venta de periódicos, revistas y dulces variados del
nivel superior.

No presté mucha atención al cambio de lugar, generalmente la gente va de un lado a otro mientras espera el tren.
Lo que sí advertí inmediatamente fue la fosforescencia de sus pupilas, provocada por la luz amarillenta de la
estación y el tenue verde de la columna de hierro donde descansaba su espalda. Pero lo más sorprendente era
el parecido físico de ella a un retrato que adornaba la sala de mi apartamento, el cual había adquirido cuatro años
atrás en un mercado de pulgas localizado en Webster Avenue, en el Bronx.

Cuando llegó el tren, me uní al grupo que hacía lo posible por no esperar el siguiente viaje. Segundos después
éste se puso en mar-cha, dejando a la mujer en la estación confundida entre quienes no tenían mucha prisa en
llegar a sus hogares. Apenas abandonada la plataforma, el operador del tren anunció por los altoparlantes que
por inconvenientes mecánicos debíamos bajarnos en la próxima pa-rada. Al descender lo primero en aparecer
frente a mí fue la mujer a quien creí haber dejado en Columbus Circle.

Traté de ser indiferente, caminé hasta un teléfono público y me colo-qué el auricular en la oreja izquierda simu-
lando hablar con a-lguien, pero ella, como adivinando mi comportamiento evasivo, me siguió sin el más mínimo
disimulo. Llegó hasta donde estaba yo, acercándoseme a tal extremo que su respiración rebotó en mi cara.
Comencé a sentirme extraño y perseguido.

—Perdona que te haya estado mirando con tanta insistencia —me dijo, sin titubear.

—No importa, no me había dado cuenta.

Le mentí, mas su sarcástica sonrisa me hizo sentir delata-do. Ella sa-bía que le estaba mintiendo.

—Eres muy parecido a mi esposo. Ojalá tuviera una fotografía de él para mostrártela —dijo mientras simulaba
abrir la cerradura de la cartera.

Abordamos el tren en la calle 96 esquina Broadway y durante los veinte minutos del trayecto hasta mi casa, no
me permitió hablar ni una sola palabra. Me preguntó cuanto quería saber de mi persona y me repitió, en varias
ocasiones, que se había acercado a mí motivada por un extraño impulso difícil de explicar.

A medida que me acercaba a mi destino comencé a sentirme libre de mi perseguidora. Nos despedimos y
aunque no intentó bajarse del tren, tampoco me sacó los ojos de encima. Cuando el tren retomó la marcha avisté
un gracioso movimiento de mano diciéndome adiós a través de uno de los cristales del vagón que ocupaba. En
ese momento presentí que me despojaban del verde chispeante de sus ojos, del bermejo estrellado de su blusa
y de su furia de mujer apetecible.

Al llegar frente al edificio donde vivía satisfice mi deseo de verla otra vez. Allí estaba ella, esperándome
nuevamente como si hubiera concer-tado una cita conmigo. La saludé y empujado por una fuerza externa, sin
cuestionar el motivo de su aparición frente a aquel edi-ficio, la invité a subir a mi apartamento. Era viernes, inicio
de fin de semana, así que podía¬mos hablar desaforadamente.

Minutos después de iniciada nuestra conversación, pensé sugerirle que se quedara conmigo hasta el otro día.
Pero advertí rápida-mente mi desesperación. Una hora después anunció su partida y yo desconcer-tado, ante su
negativa de aceptar una copa de vino, una cerveza, una taza de café u otras cosas que le brindé, no insistí mucho
en que se quedara.

Fui hasta la puerta a despedirla y retorné a la cocina, único lugar del apartamento donde ella había estado, y me
puse a organizar un poco parte del desorden doméstico que día tras día van acumulando los hom-bres cuando
viven solos.

Aproximadamente dos horas más tarde escuché el timbre de la puerta. Era ella que había vuelto. Cuando abrí
entró como si fuera a su propia casa, caminó todo el pasillo rumbo a la sala, colocó el bulto-cartera que llevaba
colgando del hombro izquierdo sobre el sillón más pequeño de los mue-bles y se puso a observar
tranquilamente el retrato que adornaba una de las paredes de la sala.

—¿Quién pintó este retrato? —inquirió, sin mirarme.

—No lo sé, no tiene la firma del autor y cuando lo compré se me olvidó averiguar ese detalle; o mejor dicho, no le
di mucha importancia.

—¿Desde cuándo lo tienes en esta pared?

—Hace alrededor de cuatro años.

—¿Se parece mucho a mí, verdad?

—Sí, bastante.

—¿Por eso lo compraste?

La pregunta me dejó atónito y sin respuesta. Trate, entonces de cambiar el tema de la conversación.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

—Fresia McMilean —dijo, sin importarle mucho mi pre-gunta.

Dudé de su respuesta. Me resultaba extraño el apellido McMilean para una mujer de aspecto latino como ella,
pero no quise seguir indagando y me dirigí a la cocina en busca de algo para tomar.

—¿Quieres comer algo? —le pregunté desde la puerta de la cocina.
No —respondió secamente.

—¿Deseas jugo, café, cerveza...?

—No, no quiero nada, gracias. Me gustaría observar este retra-to por un rato, si no te importa.

Regresé a la sala con una cerveza y traté de mantenerme un poco alejado de ella para no romper la felicidad que
le provocaba el retrato.

—Acércate a mí —dijo ella quedamente.

Vacilante caminé unos pasos y me coloqué a su izquierda.

—Sé que lo compraste porque se parece mucho a mí —dijo con ternura mientras rozaba su brazo izquierdo contra
mi brazo derecho.

—Cuando lo compré no te conocía, lo compré por su belleza.

—¿Te gusta la mujer del retrato? —dijo, con sus ojos cla-vados en mi cara.
—Es muy bella, respondí.

—Pero, ¿te gusta?

—Sí.

—Entonces, te gusto yo también —dijo, apoyándose en mi pecho.

Quedé ruborizado y frío al ver, a través del discreto escote de su blu-sa, la delicadeza de sus senos. Volvió a
empujar su cuerpo contra el mío, esta vez con más fuerza. Le respondí del mismo modo y ella, discreta-mente, se
depositó sobre el sillón más largo de los muebles. Intenté be-sarla, pero interpuso sus brazos entre nuestras
bocas. Luego, deslicé mis manos desde sus hombros hasta la cintura y le di un tímido apretón. Ella,
súbitamente, se separó de mí y se quedó observándome durante varios segundos. Me sentí hechizado, y
comencé a sudar por todas partes.

—Voy a darme un baño —dije, sin ganas de despegarme de su cuerpo.

—Excelente —agregó ella.

Salí del baño envuelto en un a bata gris e ingresé rápidamente al dor-mitorio. Allí la encontré totalmente desnuda
e inmóvil, parada sobre un pequeño banco de madera situado frente al espejo que decoraba la puerta del ropero.
Tenía el pelo revuelto y los senos amenazantes.

Entonces pude apreciar, por primera vez en toda su magnitud, la lozanía de su piel, la frescura de su cuerpo joven
y, sobre todo, la hermosa hilera de vellos negros que recorría todo el centro de su es-palda.

Ya repuesto del aporreo emocional incitado por su envidiable carne, le pedí ubicarse frente a mí. Ella, en cambio,
sin responder ni mover el cuer-po, ordenó que me acercara más al banco. Procedí al instante, pero al momento
de extender la mano derecha para tocarla, me requirió la ropa que se había quitado minutos antes. Obedecí
mecánicamente.

—¿Damos una vuelta en el parque? —me preguntó mien-tras se colocaba la ropa interior.

—¿En el parque? —repuse, extrañado.

—¿No te gusta el parque? —dijo, interrumpiéndome.

—Un poco —respondí suavemente para ocultar mi recha-zo a su proposición.  

Me senté en una esquina de la cama a observarla vistiéndose. Le ofrecí ajustarle las medias y calzarla, y le
supliqué que se sentara a mi lado. Su respuesta fue una sonrisa de malicia contenida.

—No, no me gustan las camas ajenas —acotó diluyendo el tono alegre de la conversación.

—¿Por qué?

—No lo sé, nunca me he hecho esa pregunta. ¿Vamos al parque o no?

—Prefiero que nos quedemos aquí —refuté, con intención de tirarla sobre la cama.

—No, mejor te invito a mi casa y a mi cama, si quieres.

—¿A tu casa?

—Sí, a mi casa —dijo con firmeza.

—¿Dónde vives?

—En Jerome Avenue, entre Woodlawn Station y la calle 233, en el Bronx.

Intenté encontrar una excusa para convencerla de que se quedara en mi apartamento, pero el temor y el pánico se
so-brepusie¬ron a mi voluntad.

—Tienes que elegir. El parque o mi casa.

—Está bien, vamos al parque —dije confundido y des-animado.

Salimos del apartamento, caminamos hasta un parque cercano donde nos sentamos en un banco localizado
entre varias canchas de tenis y un campo de béisbol. Allí quedamos cubiertos por la débil luz de un farol.

Después de hablar más de media hora me convencí de la imposibilidad de hacerla mía en carne y cuerpo.

—Pienso que debemos irnos, es un poco tarde —sugerí desilusio¬nado.

—No tengo prisa, nadie me espera. Además, no me gusta el silencio de mi casa.

—¿Vives sola?

—No, vivo con muchas personas más.

—Entonces, ¿por qué hay silencio en tu casa?

—Porque esas personas nunca hablan.

—¿Y tu esposo?

—El tampoco puede hablar, no tiene cabeza.

—¿Cómo que no tiene cabeza?

—Así de sencillo, no tiene cabeza.

La miré detenidamente desde arriba hasta abajo y, dejando escapar una ligera sonrisa, me dije en silencio: esta
mujer está totalmente loca.
—No, no estoy loca como crees —dijo, estropeando mi pensamiento.

—No he dicho nada.

—Lo sé, pero lo pensaste. Si tienes dudas te puedo de-mostrar que digo la verdad.

—¿Qué verdad? —reaccioné, súbitamente.

—Que mi esposo no tiene cabeza.

Quise convencerla de que no era necesario, pero ella desatendiendo mi pavor comenzó a abrir lentamente su
bolso-cartera de donde extrajo una funda plástica. Sin inmutarse revolvió la funda repetidas veces hasta que de la
misma salió una cabeza de hombre, cortada por el centro de la nuca. Te-nía los ojos blancos y brotados, la
lengua destrozada por la presión de los dientes y la boca semiabierta. Quedé totalmente paraliza-do, y cuando me
percaté del parecido de la cara con la mía, perdí la voz.

Traté de correr y gritar al mismo tiempo, pero el pánico no me dejó ni siquiera levantar del asiento.

Dos horas después comencé a recuperarme. Eran las doce menos quince de la noche cuando me levanté del
banco y me dirigí hacia el cuartel policial más cercano a poner a las auto-ridades de la zona al tanto de lo
sucedido. Apresurado y con la cara sudorosa y aún pálida por el susto, entré al cuartel policial. Los oficiales de
servicio en la puerta de entrada me enviaron hasta el final del pasillo izquierdo donde se encon-traba el oficial de
turno. Ya frente a éste, le dije:

—He venido a denunciar a una mujer...

—Que tiene la cabeza de un hombre en la cartera —concluyó el oficial.

—¿Lo sabía usted? —pregunté asombrado.

—Sí. Estaba preocupado porque usted no llegaba. Son las doce y diez minutos de la madrugada y lo esperaba
desde las doce.

—No entiendo, oficial, ¿me esperaba usted?

—Naturalmente.

—¿Para qué me esperaba?  Nadie sabía que yo venía.

—Está equivocado. Aquí todos conocemos su caso. ¿Sabe usted el nombre de la mujer a quien viene a
denunciar?

—Ella  me lo dijo, pero en este momento no lo recuerdo.

Cuando el oficial vio la palidez de mi rostro ¬y el temblor de mis manos, trató de serenarme.
—Cálmese, amigo, todo pasará pronto. Escúcheme cuidadosamente por unos minutos.

 Esa era una pareja joven que vivía en Amsterdam Avenue, cerca de Yeshiva University. Ella era una mujer muy
hermosa y atractiva, tan atractiva que casi todos los hombres la codiciaban. Quienes la conocieron siempre la
vieron alegre, enérgica y con un inmenso de-seo de vivir. El era un pintor, de unos 35 años, que había emigrado
hacia los Estados Unidos en 1970 con la idea de hacerse famoso y de ganar mucho dinero. Pero con el paso de
los años no logró ni una cosa ni la otra y se convirtió en un hombre amargado, extremada-mente celoso, inseguro
y frustrado. Discu-tían frecuentemente. Varias veces, atendiendo a llamadas telefónicas de algunos vecinos,
fuimos al edificio donde ellos vivían, pero cuando llegá-bamos casi siempre la discusión había terminado. Así
que nunca pudimos actuar.

Ella había insistido en la separación; sin embargo, él nunca la aceptó. Después de varios consejos de amigos y
familiares y del centro de orien-ación profesional más cercano a ellos, la situación cambió notablemente y
permaneció así por unos seis meses. Pero una tarde, luego de una acalorada discusión, él la mató.

Cuando llegamos y tocamos a la puerta del apartamento él, a través de la mirilla, se percató de la presencia de  
policía y se lanzó al vacío desde el sexto piso donde vivía. En el trayecto tropezó con una filosa plancha de hierro.
El cuerpo cayó al suelo y la cabeza quedó colgando de un fino barrote de metal contiguo a la escalera de escape
en caso de fuego. Fue una escena macabra. Ella tendida en la cama sobre un inmenso pozo de sangre, él tirado
en el patio del edificio y la cabeza colgada a la altura del tercer piso, desangrándose gota a gota y con la lengua
afuera como esperando que alguien la bajara.

Eso ocurrió hace ocho años, justamente un día como hoy, 13 de febre-ro de 1979, y ésta es la octava vez que
alguien hace la misma denuncia. Con el paso de los años hemos observado algo curioso: los denunciantes se
parecen, físicamente, al marido de ella. Por esa razón a partir de la sexta denuncia iniciamos una investigación al
respecto y nuestra conclusión es que ella acumuló, durante su dese-quilibrada vida matrimonial, mucho odio y
mucho rencor hacia él. Por eso cada trece de febrero sale a caminar por los parques, por las calles de la ciudad y
por las principales estaciones de trenes hasta encontrar un hombre que se parezca físicamente a su difunto espo-
so. Le aseguró que su propósito no es hacerle daño a nadie, sino encontrar a alguien para asustarlo y hacerlo
sufrir. Es una forma de ella compensar y vengarse de los sufrimientos que recibió de parte de su esposo.

—Eso es pura fantasía —dije, después de escuchar perplejo la na-rración del oficial.

—No, amigo mío. Váyase tranquilo a su casa, eso no le  sucederá más. Hasta ahora no le ha ocurrido dos veces
a la misma persona.

—Insisto en que lo que me acaba de contar es pura fantasía.

—Si quiere convencerse le puedo suministrar la siguiente información: ella se llama Fresia McMilean y él Roberto
McMilean. Viven en Jerome Avenue, entre Woodlawn Station y la calle 233, en el Bronx. Específicamente en el
cementerio Woodlawn. Cuando lo crea conveniente puede visitar-los.
Salí del cuartel policial más confuso que cuando entré, llegué rápidamente a mi apartamento y todavía aturdido fui
directamente a la sala a mirar el retrato que colgaba de la pared, pues pensé que después de haberme sucedido
tantas cosas extrañas éste no estaría allí. Sin embargo, el retrato estaba en el mismo lugar de siempre y el rostro
de la mujer me pareció, incluso, más juvenil y tierno.

Nuevamente sentí escalofrío y un espeso sudor comenzó a correrme por todo el cuerpo. Entonces opté por lo que
consideré la decisión más inteligente: sacar el retrato del apar-tamento y tirarlo a la basura. De esa manera
borraría de mi memoria el recuerdo de ella y terminaría definitivamente mi tragedia. Sin pensarlo mucho me
acerqué al retrato y de un tirón lo desprendí de la pared. Fue entonces, en ese momento, cuando vi por primera
vez la inscripción que estaba en la parte de atrás del cuadro: Retrato de Fresia McMilean, concebido y elaborado el
10 de febrero de 1979, autor: Roberto McMilean.

                             
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